1
Vivimos bajo el imperio del sonambulismo; por doquier,
allá donde nos alcanza la vista, los modos del discurso
y la conducta sonambulizan sin cesar. Sonambulizar
equivale a dejarse arrastrar por las corrientes
dominantes del pensamiento y de la acción, actuar sin
reflexionar radicalmente sobre el sentido de nuestra
actuación, sin cuestionarnos con rigor y profundidad el
mundo en el que creemos estar.
2
Perspectivismo. La realidad es una ilusión producida por
la ausencia de alcohol en la sangre.
3
No
conviene confundir Amor y Sexo. Cuando van juntos son
una delicia —de ahí la confusión—, pero se trata de
asuntos muy diferentes, que pueden resultar también
sublimes por separado. Olvidar o ignorar esto podría
convertirse en una fuente constante de desdichas para
ti.
4
Nada
hay ni puede haber sin sentido. Para que algo exista
para nosotros —y no concibo otra manera de existir— es
preciso que tenga algún sentido, aunque éste se redujera
a descubrirlo como sin sentido —y entonces no podríamos
saber nada más—. Bien entendido, todo tiene sentido
—significado—, cierto, pero no todo es lenguaje; esto
es, no todo sentido discurre necesariamente conforme a
unos usos convencionales.
5
La
pregunta leibniziana: «¿Por qué es en general el ente y
no más bien la nada?», con la que Heidegger nos
bombardea hasta el aburrimiento, lejos de mostrar que
estamos en una precomprensión del ser, manifiesta
nuestra necesidad de sentido, de que los entes sean.
Necesitamos del ser, como anticipaba el genial
Nietzsche, pero esta necesidad nuestra, nadie se la ha
contado al ser.
6
No
habrá paz, no desaparecerán el hambre y la miseria,
mientras siga habiendo patrias y estúpidos que las
sirvan.
7
La
libertad de expresión y —no tanto— de comportamiento,
que rige el componente teórico de nuestras actuales
sociedades democráticas, se fundamenta en el derecho
inalienable a la estupidez, a ser estúpidos, a discurrir
y actuar estúpidamente. Tal derecho consiste primera y
fundamentalmente en la posibilidad de eludir la
obligatoriedad de ser estúpidos a la manera oficial, de
la autoridad, la tradición o cualquiera otro poder
constituido.
8
Todo
nuestro respeto por la estupidez ajena y, como no,
también por la propia. Aquello que usualmente —para
entendernos— denominamos ser humano no puede menos que
ser estúpido en muchos momentos de su vida, incluso
—diría— en la mayor parte de ellos. El problema no
reside en que seamos estúpidos en determinadas ocasiones
—de algún modo lo necesitamos—, sino en que la estupidez
se haya convertido en la única modalidad de vida
posible. Para la inmensa mayoría de cuantos comparten
con nosotros este mundo —es una manera de hablar— no hay
otro modo de existencia que aquél que sonambuliza. Peor
aún, la estupidez se ha convertido en el modo de vida
ejemplar, hasta el punto de absorber incluso el ideal
mismo de conocimiento, que hoy en día es un ideal bien
estúpido —como puede evidenciarse en cualquiera de
nuestras Universidades.
9
Escoger a una mujer o a un vehículo en función del
aspecto estético que su carrocería nos ofrece a primera
vista puede resultar una selección bien estúpida. ¿Qué
diríamos de un coche de flamante diseño que funcionara a
pedales? No conozco demasiadas mujeres físicamente
bellas que consigan conservar su atractivo después que
de sus labios salen unas primeras frases. Al menos el
vehículo podemos dejarlo aparcado.
10
Nunca
confieses tu amor a una mujer que antes no haya
demostrado el suyo por ti. Al entregarlo gratuitamente
tu cariño se verá devaluado a sus ojos y le estarás
entregando un arma cargada apuntando directamente a tu
corazón. Si te equivocaste y no merecía lo que le
ofrecías —lo cual acostumbra a suceder—, experimentará
una especie de placer morboso en utilizar el poder que
le has otorgado, no dudará en apretar el gatillo,
pisotearte y bailar sobre tu cadáver.
11
Pocas
situaciones cotidianas resultan tan cómicamente
ridículas como un grupo de hombres hablando tópicamente
de mujeres. Aquello adquiere los tintes de una lección
de anatomía en un Mercado de Carne: “¡Mirad que tetas..,
ese culo.., esos ojos.., ese par de.., esos
jamones...!”. Si no estamos ciegos y tampoco somos de
piedra, tales zonas anatómicas —cuales dependerá tanto
de la mujer en cuestión como de nuestro gusto personal—
se verán ciertamente, destacadas a nuestra atención.
Pero sólo un imbécil integral verá sólo esto. Cada
mujer, como cada hombre, es un mundo del que sólo
tenemos lo que de él se insinúa en su actuar, sus
movimientos, su mirada, su discurso, sus gestos, su
indumentaria, etc... Y sólo bajo la forma de esta
globalidad podemos llegar a percibirla. De ahí que el
típico discurso intermasculino no sólo sea estúpido sino
también insincero. Incluso desde el punto de vista de la
simple búsqueda del placer sexual —la mujer vista como
objeto de deseo—, resulta estúpido guiarse
exclusivamente por tales motivos anatómicos.
Ciertamente, las cualidades físicas —y en particular
nuestra subjetiva apreciación de las mismas— de una
mujer pueden jugar un papel importante —si bien tampoco
definitivo— en la excitación. Pero llegado este punto
otros muchos factores desplazan a aquellas a un segundo
plano.
12
Todo
es mentira. Incluso los sentimientos o las opiniones más
sinceras son mudadizas, corruptibles.
13
«Nadie es perfecto». La certeza de esta sentencia está
en proporción directa a las exigencias de nuestro ideal
de perfección.
14
Tras
mucho buscar he llegado a la conclusión de que no existe
la mujer perfecta. De ahí que me propusiera encontrar a
la mujer casi-perfecta, pero como tampoco la hallé, me
conformo ahora con la menos imperfecta. Sigo buscando...
15
El
alcohol tiene el efecto de reducir nuestras inhibiciones
y aumentar nuestra sinceridad. Desgraciadamente también
tiene el efecto de hacernos olvidar la maldita resaca
que vendrá después.
16
«Vive
el momento». He aquí la sentencia más sabia e incumplida
de todos los tiempos. Vivimos hacia el futuro, hacia un
mañana que nunca llega, trabajamos para él, pensamos en
él. Y mientras tanto la vida discurre sin que nos
apercibamos de ella, se nos desliza entre los dedos de
la mano como el agua de la fuente que inútilmente
tratamos de detener. Para alcanzarla habremos de
zambullirnos en el estanque: ¡Vivir el momento!
17
Cuando observamos un cúmulo de virtudes en una mujer:
belleza, inteligencia, simpatía, vivacidad de la mirada,
etc... —cualquiera que sea la modalidad de nuestras
preferencias—, hay algo en ella que nos asusta. Tanta
perfección no puede ser posible. Nos mostramos alerta:
¡Algo tiene que fallar! —pensamos— y nos ponemos a
buscarlo sin descanso hasta que, ineluctablemente, «lo
hallamos» —o lo inventamos si es preciso—. Sólo este
mecanismo instintivo nos libra de enamorarnos locamente
y caer a su merced. Cuando este mecanismo falla —y
acostumbra a hacerlo—: ¡Estamos perdidos!
18
Dicen
que este mundo la ha creado Dios. ¡Pues que me den el
Libro de Reclamaciones!... ¡Me va a oír ese chapucero!
19
Hay
cierto grado de imbecilidad en la persona enamorada que
le impide ver otra cosa que virtudes en el ser amado.
Sin embargo, es este un tipo de imbecilidad que, cuando
es correspondida, anhela para sí el más inteligente.
20
¿Quién soy yo? Yo soy el que escribe ahora estas líneas.
Esta es sólo media verdad: Yo también soy el que en
estos momentos las lee.
21
La
mujer es el animal más estúpido, sólo superada en
—numerosas— ocasiones por el hombre.
22
«Igualdad de oportunidades». He aquí uno de los
preceptos más falsos de nuestras actuales sociedades.
Bajo tan atractivo lema se esconde la legitimación de la
desigualdad más palmaria. La igualdad de reglas entre
individuos desigualmente provistos discrimina esas
mismas oportunidades, cuya igualdad dice proteger, en
función de los recursos de cada individuo. Más
justamente habríamos de hablar de «Desigualdad de
oportunidades», puesto que garantiza que tales
oportunidades sean mayores para quien más tiene y
menores para quien tiene menos. No seamos tan
“negativos”, reconozcamos que en términos generales hay
una «Igualdad de oportunidades», lástima que las
oportunidades no sean también iguales para todos.
23
Siempre habrá pobres y ricos, esto jamás lo podremos
remediar. Lo importante sería que cada día nos resultara
más difícil distinguirlos.
24
Hay
cierta perversión en el arte de gobernar que incita a
quien lo ejerce a prohibir aquello que le molesta o
desagrada. Pero si con ello pretende erradicarlo es
síntoma manifiesto de estupidez galopante. Nada resulta
más atractivo que lo prohibido. Cualquier cosa de las
que ahora nos resultan indiferentes basta con que sea
prohibida —y sepamos de esta prohibición— para que ocupe
un lugar preferente de nuestra atención. De hecho es una
de las mejores estrategias de marketing: ¿Quiere
promocionar un producto? Consiga que se lo prohíban por
motivos arbitrarios y el éxito está garantizado.
25
Hay
una especie de “vicio” que acostumbra a acompañar a
quien gobierna, sea cual sea su color. Se dice que el
poder corrompe y algo de cierto parece haber en ello.
Pero más que corromper el poder tiende a igualar los
hábitos de quienes lo detentan. El que con independencia
de su signo los gobernantes tiendan a asimilarse en sus
comportamientos; esto es, tiendan, por encima de
cualquier diferencia cromática o ideológica, a actuar
según un mismo patrón, o sea como gobernantes, se debe
más que a una particularidad del cargo a una imposición
del “uso”. Por muy “progresista” que se pretenda uno, si
no se mantiene alerta frente al “uso”, frente a los
hábitos arraigados en la manera de gobernar, tenderá
irremediablemente a reproducir todos los patrones de
gobierno contra los que —posiblemente— ha luchado; pues
esos patrones no se le presentan como tales —como un
modo de acción posible entre otros—, sino como la
esencia misma del gobernar.
26
«El
egoísmo es la ley de la perspectiva» [Nietzsche].
Aquello que nos afecta se destaca siempre sobre el
horizonte del mundo. Para quien acaba de perder un amor
no existe desgracia mayor en el Universo, aunque las
noticias informen de todo un cúmulo de calamidades:
guerras, desastres, asesinatos, violaciones, etc... De
ahí que resulten indecentes los elevados emolumentos de
la clase gobernante. ¿Cómo van a preocuparse
sinceramente de los problemas de los indigentes, si para
ellos son tan sólo un dato estadístico, si para ellos no
existen, porque [ellos] viven opulentamente?
27
La
Iglesia es una de las instituciones más antiguas y más
detestables. El flamante poder del que —cuando puede—
hace gala, se ha nutrido de siglos de extorsión y
asesinato. Sin el exterminio de toda oposición, sin el
ahogo constante a la libre expresión, a la investigación
y al pensamiento, no podría exhibirse hoy
—hipócritamente— como su paladín. Es hora de abolir las
religiones institucionalizadas. Hacer de las creencias
una elección personal y no un aparato de control mental
y de poder.
28
Mientras no desaparezcan los dioses y las patrias
—cualesquiera que éstos sean— el imperio de la estupidez
será indestructible.
29
Las
nuevas enfermedades de transmisión sexual hacen más
urgente que nunca la regularización y legalización de la
profesión más antigua. Resulta del todo indecente que a
las puertas del siglo XXI una actividad tan socialmente
demandada —como ha demostrado a lo largo de los siglos—
no cuente con unas garantías mínimas de cobertura para
su normal ejercicio profesional. Este es el momento en
que más de uno se rasgará las vestiduras: «¡Vender el
propio cuerpo!», gritarán encolerizados los “tímidos”
puritanos que por la noche frecuentan los burdeles
—Después de las mafias que las explotan a nadie molesta
más la posible legalización de la prostitución que a sus
clientes asiduos y a los cónyuges de éstos—. Pero, ¿qué
hace el trabajador de una cadena de montaje? ¿No vende
su cuerpo y mucho más que eso? ¿No vende también su
mente el matemático que trabaja para una gran
multinacional? ¿Por qué se consideran más honorables
estos oficios? Una vez más damos con el inefable residuo
de una moral degenerada y pervertida, que ha hecho del
sexo algo sucio, como todo lo que toca.
30
El
hecho de que muchas religiones nos hablen de un Dios
único no prueba en absoluto su existencia; antes bien,
pone de manifiesto nuestra necesidad de explicación y,
por tanto, su ficción, su condición de ser invención de
nuestra fantasía. Ocasionalmente también cierto anhelo
de estupidez.
31
¿Qué
es un político que no miente deliberadamente? Sin duda,
un cadáver.
32
Todo
nuestro respeto por las creencias ajenas —cualesquiera
que éstas sean—, siempre que esas creencias nos respeten
también a los demás. No puedo evitar sentir una intensa
inclinación a ser intolerante con la intolerancia.
33
Una
respuesta para las grandes preguntas del hombre:
¿Quiénes somos? Pues, tú no sé, yo más o menos el que
ahora calza mis zapatos. ¿De donde venimos? Acabo de
salir de la cama. ¿A donde vamos? Al menos yo a la
cafetería de la esquina. Se me dirá: ¡Has hecho trampa!
¡Esas preguntas se han planteado tradicionalmente en un
sentido más trascendente! Y efectivamente así es, pero
¿qué fundamento tiene hacernos con pretensión científica
preguntas a las que no es posible dar respuesta de este
modo, sino tan sólo a través de mitos, fruto de nuestros
anhelos y fantasías? ¿Por qué son importantes esas
preguntas? ¿Por qué no nos conformamos con lo que somos?
¿Por qué desperdiciar la vida preguntándonos por lo que
fue antes o por lo que será después, si en la vida no
vamos a encontrar tales respuestas? ¿Por qué me hago
estas preguntas tan inútiles? Y, sobre todo, ¿quién se
ha sido el
NMLh que se ha bebido el vino de mi vaso?
34
Los
seres humanos se pueden clasificar en tres géneros: Los
hombres, las mujeres y yo (sea quien sea yo).
35
«¡Dios ha muerto!». Anunciaba Nietzsche hace ya más de
un siglo. Pero el Papa aún no se ha enterado y sigue
paseando por ahí su cadáver y transmitiendo sus
—¿últimos?— designios, según dice: “Amad al prójimo pero
no os lo folleis, matadlo sólo de vez en cuando y
bendecidlo primero, no uséis preservativos, morid de
SIDA y tened muchos hijos, aunque luego se mueran de
hambre y vosotros también por ello, pues cuanto más
necesitados y aburridos estéis, más necesitaréis creer,
más manipulables seréis y mayor será el poder de la
Iglesia”. ¡Que entierren de una vez ese cadáver —el de
Dios—, que huele ya a podrido que apesta!
36
Hasta
donde hemos podido saber sólo se vive una vez, ¿por qué
desperdiciarla en brazos de una única mujer? ¿Cuantas
sensaciones por probar, cuantos mundos por descubrir? No
hablo de infidelidad. Seamos fieles a nuestra pareja y
exploremos el mundo juntos.
37
Sólo
permanece deseado aquello que no se ha alcanzado. Por
eso la antigua institución matrimonial coercitiva
consideraba como sustancial a sí misma la castidad
previa de los cónyuges. De este modo, el matrimonio
venía a ser una especie de contrato vitalicio en el que
a una vez se contrataba en régimen de exclusividad a una
prostituta y a una criada. Aún quedan Neandertales que
siguen pensando así, pero para los demás... ¿Qué sentido
puede tener hoy el matrimonio?
38
Lo
que la vida tiene de vivo son nuestros anhelos, deseos y
proyectos; lo demás es pura mecánica o simple
recordatorio.
39
¿Cuánto tiempo tarda en conocerse a una mujer? Depende,
con algunas basta con olerlas, otras requieren largos
períodos de conversación y convivencia, a la mayoría por
el contrario no llegamos a conocerlas nunca —aunque
viviésemos eternamente—. Tal es su grado de
metamorfosis. Ésta no es necesariamente una peculiaridad
de las mujeres; si no lo advertimos así es porque
normalmente sólo con ellas estamos dispuestos a llegar
al fondo. De ahí nuestra frustración cuando no lo
hayamos.
40
Tratar de solucionar el llamado «problema de la droga»
con su represión resulta ser una estupidez tan
descomunal como ineficaz. Algo así como tratar de cazar
moscas a cañonazos, antes destruiremos nuestra casa —o
la sociedad— que acabaremos con ellas. La raíz misma del
«problema de la droga» está en su prohibición, por lo
que su represión lejos de ser el camino de su
erradicación es el de su más segura perpetuación.
41
“Legalización”. He ahí la palabra más temida por los
narcotraficantes y sus afines, incluidos los políticos
que reciben sus dádivas; pues implica, para aquéllos, la
quiebra absoluta de su más lucrativo negocio, para éstos
la desaparición de la conflictividad social asociada a
la droga, que desvía la atención sobre su gestión. Una
“aprehensión” de vez en cuando, a ser posible a una
mafia rival, permitirá vender un éxito a la opinión
pública y justificar aumentos de precios en la
“mercancía”. Todos contentos. Adulteraciones, sobredosis
y escalada en la delincuencia asociada serán sus
consecuencias lógicas, que a su vez justificaran un
aumento de la represión policial. Y vuelta a empezar en
una espiral interminable que pretende justificar lo
injustificable. Un genuino triunfo de la estupidez.
42
¿Alguien puede concebir algo más aberrante que la
pretensión de legalizar las drogas?. ¡A qué chalado se
le ha ocurrido semejante disparate! Si se llevase a
cabo, cualquiera podría drogarse sin tener que robar o
asesinar para ello, las mafias sufrirían un duro revés
en sus economías, los camellos se quedarían sin empleo,
los policías antidroga también, y lo mismo le sucedería
a parte del personal sanitario, al desaparecer la
hospitalización y defunciones por adulteración y
sobredosis; los políticos también perderían parte de su
financiación más opaca. La propia economía planetaria se
resentiría, la droga es la segunda industria mundial
después del armamento. ¿Por qué legalizarla? Si con la
“Prohibición” nos va de maravilla: Cada día matamos a
más drogadictos y el problema crece imparable.
43
Nuestra principal necesidad no fisiológica es la del
cariño. Necesitamos sentirnos queridos, que somos
importantes para alguien. Pero no sólo somos receptores
de afecto, también requerimos darlo. Precisamos tener a
quien querer y cuando no lo encontramos sentimos un
inmenso vacío. Claro que siempre habrá quien recurra a
una mascota para llenarlo.
44
Hay
pocas cosas que la sonrisa de una mujer bonita no pueda
conseguir de un hombre; entre ellas, sin embargo, está
la sinceridad, para obtenerla habrá de recurrir a otros
métodos.
45
Sacrosanta Imbecilidad, a ti invocamos, a ti veneramos,
a ti servimos, cuando una mujer nos sonríe o las
lágrimas surcan sus mejillas.
46
Hay
algo más duro que fracasar, comprobar que la razón de
nuestro fracaso ha sido nuestra propia y genuina
estupidez.
47
Son
tantas las cosas que deseamos hacer, tan escaso y fugaz
el tiempo, que nos obliga siempre a decidir, a
seleccionar; pero esto es ya otra cosa a hacer, que
también consume tiempo. Finalmente, corremos el riesgo
de dedicar toda la vida a tomar decisiones sobre lo que
hacer, en lugar de hacerlo.
48
Todo
es oscuro. La claridad es sólo un ilusión fruto de
nuestros anhelos. ¡Necesito una linterna!...
¡Diógenes!... ¿Dónde estás?
49
Nada
mejor para olvidar un amor, que un nuevo enamoramiento.
Sólo dejamos de sentir el vacío cuando cubrimos su
hueco.
50
“Ser
o no ser”, esa no es la cuestión. “Hacer o no hacer” es
lo que decide en último término. Somos lo que hacemos,
pero también lo que no hacemos.
51
¿Por
qué esperamos en los demás, lo que nosotros mismos no
somos capaces de dar? ¿Qué nos da derecho a presuponer
que el prójimo ha de ser mejor que nosotros? No hablo de
intenciones, éstas siempre son —las nuestras— las
mejores, hablo de hechos.
52
El
mundo puede ser como queramos. Cierto, nuestra
imaginación modela el mundo. Son los demás quienes
desenmascaran ese mundo como nuestra ficción. Una
fantasía compartida es indistinguible de la más sólida
de las realidades.
53
Una
mujer nos tiende sus redes. La vemos divertidos pensando
que nos será fácil esquivarla, pero estas redes eran
sólo un señuelo, la auténtica trampa era ella
tendiéndolas. De esa difícilmente escaparemos, porque ya
estamos atrapados y no queremos escapar.
54
Al
frente: corrupción, detrás: corrupción, a los lados:
corrupción. Esto ya no es sostenible. Contra la
corrupción: Revolución.
55
Ser
capaz del ridículo es la primera condición para una vida
completamente libre.
56
La
reflexión forma parte de la vida mudadiza que se
evapora. El aforismo congela esa reflexión en el momento
de su captura. Claro que se trata de un producto
congelado, que ha perdido buena parte de los nutrientes
originales.
57
Estamos tan acostumbrados a la simplicidad, a la
economía del pensamiento, que cuando alguien es más
complejo, más profundo, nos parece un loco.
58
¿Para
qué esforzarse si al final todo va a salir igualmente
mal? Para que no se diga que la culpa ha sido nuestra.
59
Síntoma inequívoco de imbecilidad. Ser capaces de
renunciar a lo que queremos por conservar nuestro
orgullo.
60
Concebir la paz como el hueco que deja la guerra cuando
no existe, puede ser una ingenuidad digna de ternura
pero no por ello menos estúpida. La guerra es el
mecanismo más tonto con el que el hombre cuenta para
arreglar disputas entre Estados, pero no será erradicado
mientras no consigamos que la paz deje de ser un simple
deseo voluntarioso y se convierta en un instrumento
eficaz para la resolución de conflictos. No basta con
“querer la paz”, hay que “hacerla”. Y hacer la paz
implica poner todos los medios necesarios a disposición
de la solución de problemas y agresiones internacionales
o colectivas. Claro que esto supone dejar la puerta
abierta a que la guerra sea el último instrumento de la
paz —cuando todos los demás fallan—. Esto no es una
contradicción, sino el único camino real para una paz
efectiva. Cuando un agresor deniega la oportunidad de
una solución pacífica, la violencia en defensa de la
víctima está justificada —como cuando el policía detiene
violentamente al asesino— y sirve de disuasión a futuros
agresores. Nadie empieza una guerra si sabe de antemano
que la va a perder.
61
Algo
está cambiando en el mundo. Antiguos “Capos Mafiosos”,
dirigentes políticos y de la banca, comienza a engrosar
la población reclusa. Dictadores y genocidas sin
escrúpulos, hasta hace poco inmunes, comienza a ser
juzgados por tribunales internacionales. La más poderosa
organización militar del planeta, contra la que me
movilizaba no hace muchos años, comienza ahora una
guerra contra un dictador neonazi, sin que medien
motivaciones económicas aparentes, para proteger a sus
víctimas del exterminio. ¡Me gusta el nuevo rumbo! |