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ACTO I
ATENAS, siglo IV a.c.
Un día cualquiera...
ESCENA
I
La vetusta morada de la Gran Madre —el
Metroo— extendía al alba su sombra, entre los primeros
destellos de claridad, , perfilando grotescas figuras
sobre el tonel —habitáculo de Diógenes—, que yace ligado
a sus muros. El canto del gallo reemplaza el monótono
manar del cristalino elemento en el hontanar próximo. Un
hombre —Diógenes—, de edad algo avanzada y vestido con
una poblada barba blanca, sale de la cuba dando algún
que otro traspiés, al tiempo que bosteza. Junto a él
retozan sendos canes recién llegados del reino de Hipno
—el sueño.
DIÓGENES:
(dirigiéndose a los chuchos) ¡Salud hermanos perros!
¿Fuisteis, por curiosa ventura, agraciados de Nicte —la
Noche.
PRIMER CAN:
¡Guau!
SEGUNDO CAN:
¡Guau! ¡Guau!
DIÓGENES:
¿Qué podríais enseñarme a mí? Sólo los dioses saben
cuanto tiempo llevo muriendo en esta cáscara de caracol
(señala al tonel)... ¿Sabéis que se me antoja, hermanos
perros? Me agradáis... Hay tan poco de común entre
vosotros y esos depredadores que se tienen por hombres.
SEGUNDO CAN:
¡Hrrrgrumnnr...!
PRIMER CAN:
(se aleja hacia la fuente)
Diógenes regresa a su morada. Dos
niños entran jugando. El primero de ellos ensaya su
puntería arrojando cantos contra la cuba —falla—. El
segundo se detiene junto a la fontana para comer.
Diógenes abandona el tonel arropado con una mugrienta
capa de paño burdo, que antes hiciera las veces de
cobertor. De sus hombros pende un zurrón, soportando en
su diestra un báculo. Observa.
Al niño atareado en llenar la andorga,
quebrole accidentalmente el plato, por lo que introdujo
las lentejas que comía entre pan. Al pronto tiene sed y
se aproxima a la fuente bebiendo del cuenco de sus
manos.
DIÓGENES:
¡Increíble hermanos perros! Un muchacho me gana en
simplicidad y economía (mete la mano en el zurrón, coge
la colodra y el plato y los arroja lejos de sí) ¡Nada
quiero si no me es preciso!
El primero de los muchachos prueba de
nuevo su puntería. Falla. Diógenes se apercibe.
DIÓGENES:
(levantando la mano) ¡Alto muchacho! ¡Espera un momento!
(sentándose junto al pretendido blanco) ¡No sea que me
des!
PRIMER NIÑO:
(irritado) ¡Perro! (arroja una piedra. Falla).
SEGUNDO NIÑO:
(corriendo y riendo) ¡Cuidamos que no nos muerdas!
DIÓGENES:
No os dé cuidado, muchachos, el perro no come acelgas.
Salen prestos y burlones.
DIÓGENES:
(a los perros) ¡Se fueron! Hasta a los pequeños asnos
ahuyento a mi paso.
PRIMER CAN:
¡Guau!
DIÓGENES:
¿Qué sucede?
SEGUNDO CAN:
¡Guau! (mirando suplicante) ¡Hugmmnn...!
DIÓGENES:
¡Ah! ¡Comprendo! Limo —el Hambre— ha hecho presa en
vosotros últimamente. No habéis de preocuparos, creo que
yo... (buscando en el zurrón)... Sí, aquí tengo algo
(sacando un pedazo de pan lo arroja hacia los sabuesos).
¡Saciaros hermanos míos!
Entra un individuo entogado —ateniense
curioso—. Se acerca a la tinaja. Su cabellera es tan
poblada como la fortuna de Diógenes.
ATENIENSE
CURIOSO: ¡Salud Diógenes! Porque... eres
Diógenes ¿no?
DIÓGENES:
A veces, otras soy su perro; pero repíteme el saludo,
pues de salud ando necesitado.
ATENIENSE
CURIOSO: ¿Padeces acaso algún mal?
DIÓGENES:
¡Oh, no! Nada grave. Todos nos morimos algún día.
ATENIENSE
CURIOSO: Eso sólo pueden decretarlo los
dioses.
DIÓGENES:
¿Los dioses? Ellos también mueren.
ATENIENSE
CURIOSO: ¿Cómo?
DIÓGENES:
No lo sé, pero mueren.
ATENIENSE
CURIOSO: ¿Por qué han de morir los dioses, si
son entes divinos y por tanto inmortales?
DIÓGENES:
Porque lo digo yo.
ATENIENSE
CURIOSO: Y... ¿Quién eres tú para afirmar tal
osadía?
DIÓGENES:
Diógenes, ¡el Can!
ATENIENSE
CURIOSO: (visiblemente contrariado) Dejemos
la cuestión, pues no tengo a buen seguro siquiera que
los dioses existan, y dime Diógenes: ¿Por qué dieron tus
huesos a parar a esa pipa? (señalando el tonel).
DIÓGENES:
Me guarece de la lluvia y da cobijo a mis sueños ¿Qué
más puedo necesitar?
ATENIENSE
CURIOSO: Es angosto y sucio. No puedes
encontrar disfrute alguno en él, , no te da calor ni
conforta tus sueños. A nadie puedes recibir, ni tiene
belleza que puedas mostrar a tus amigos.
DIÓGENES:
¿Qué intención atrae a tu conciencia? ¿Seré más libre o
tendré mejores sueños por ello?
ATENIENSE
CURIOSO: Si no más libre, sí más feliz.
DIÓGENES:
¿Feliz? ¿Y qué es eso que tu dices "ser más feliz"?
ATENIENSE
CURIOSO: Un gran sabio ha dicho que la
felicidad es el estado último al cual ha de aspirar todo
hombre; la felicidad da tranquilidad de espíritu y
elimina el dolor.
DIÓGENES:
Procuro huir, como si de leprosos se tratara, de los que
proclaman la felicidad tal como tú has hecho. Lo que
llamas felicidad no es más que el anhelo de la muerte y
del estar muertos, un estado pleno en el que no hay
dolor y sí mucha tranquilidad (mirando hacia el
espectador). Son vanos predicadores de la muerte los que
anuncian la felicidad como lo lejano. Yo sólo a mi
satisfacción ahora puedo llamarle felicidad. Si una
ramera te satisface esta noche, eres entonces feliz con
ella, aun cuando mañana ayunes infeliz. Si esta tarde te
satisfaces insultando al rey en su cara, eres feliz aun
cuando mañana tu segada testa seque al sol.
ATENIENSE
CURIOSO: ¿Cuál habrá de ser entonces, según
Diógenes, la finalidad del hombre?
DIÓGENES:
¿Acaso ha de tener el hombre una finalidad? Lo final no
es presente, ¿viviste alguna vez en el futuro? (el
ateniense curioso mueve negativamente la cabeza).
Únicamente podrás vivir lo actual, tan sólo lo presente
existe. Si anhelas ser feliz, ¡selo ahora o antes
volarán los cerdos!
ATENIENSE
CURIOSO: (pensativo) Y... ¿Cómo dices es
posible esa felicidad presente?
DIÓGENES:
(sentándose) ¿Cómo, me preguntas? Desertando de todo
trabajo inútil, escupiendo a lo civilizado, al Estado, a
la familia, al recaudador y al sacerdote. Defecando
sobre la complicada convención social, sobre las
costumbres superfluas, para vivir conforme a la Gran
Madre —la Naturaleza—... ¡Sólo por demencia somos
infelices!
ATENIENSE
CURIOSO: Pienso Diógenes, que has de estar
loco para afirmar tales cosas.
DIÓGENES:
En efecto, loco soy; pero has de saber que muchos distan
sólo un dedo de enloquecer; pues quien lleva el dedo
extendido, sin ser el índice, parece loco (extiende el
meñique). Lo que los más llamáis locura, los hombres
llamamos libertad. Cuando surge un hombre y se aleja del
rebaño decís: ¡Mirad, está loco! Volviendo la vista,
reirá de vuestros balidos, por lo que lo llamareis dos
veces loco; y en su mente os recordará, no como locos,
sino como esclavos encadenados a los dicterios del
rebaño. ¿Loco me llamas?, ciertamente lo soy y eso me
honra.
El ateniense curioso traga saliva.
Palidece. Se aproxima a ellos un hombre —Crates— de
andrajosas vestiduras. Por su aspecto, sólo en su
juventud difiere de Diógenes. También lleva zurrón y
cayado.
ATENIENSE
CURIOSO: (Observando al recién llegado) ¡Otro
loco! ¡Oh, Zeus! ¿Qué mal hice que así me mortificas?
(marcha).
CRATES:
¡Salud Can!
DIÓGENES:
¡Salud Crates! ¿Has de traerme alguna enhorabuena?
CRATES:
Enhoramala más bien, maestro...
DIÓGENES:
¡No te escucho, pues!
CRATES:
¡Has de escucharme maestro! Alejandro de Macedonia ha
derrotado una vez más a los atenienses y se dirige raudo
hacia aquí. Todo está un tanto revuelto.
DIÓGENES:
De nada has de preocuparte, si los asnos han de darse
coces es cosa que no nos atañe. Pero si, como supongo,
temes por Hiparquia (apoyando una mano en su hombro).
¡Sácala presto de la ciudad!
CRATES:
¡Así lo haré!
DIÓGENES:
¡Ve, pues!, pero recuerda: Aquello que puede hacerse, ha
de hacerse donde se quiera. Deja libres tus afectos y
pasiones; no dependas de nada ni de nadie. Se siempre tú
mismo.
CRATES:
Rico y esclavo nací; y ahora soy pobre y libre. La
Fortuna no podría haber sido mejor conmigo.
DIÓGENES:
La filosofía que te he enseñado no son meras palabras,
es una forma de vida. ¡Cuida de practicarla!... ¡Adiós
Crates! (mirando hacia los canes) ¡Hasta la vista
hermanos perros!
CRATES:
¡Hasta la vista Can!
PRIMER CAN:
¡Guau! ¡Guau!
SEGUNDO CAN:
¡Guau!
Salen en direcciones opuestas.
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