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Hasta hace muy poco, al encender el televisor podíamos
encontrarnos con un anuncio en el que se nos decía que
el máximo responsable en la lucha contra la droga era
tal o cual muchacho o muchacha que estudia B.U.P. y
juega al baloncesto.
Hacer partícipes a los jóvenes de su responsabilidad en
el problema de la droga, tal cual es el supuesto
cometido del mencionado anuncio, puede ser encomiable,
en cuanto a tal iniciativa; pero adolece de cierta
falsedad o, si se quiere, de una ya no tan encomiable
ingenuidad. La responsabilidad en el problema de la
droga es de todos, y muy especialmente de quienes
directa o indirectamente intervienen en su prohibición,
que desde luego no son los jóvenes.
Hay
que recordar que el problema de la droga comienza con su
prohibición, a partir de la Convención Única sobre
Estupefacientes de 1961, antes de la cual no existía
como tal problema social, en la envergadura que hoy lo
conocemos.
La
prohibición del alcohol en los Estados Unidos en 1920,
provocó, durante los quince años que estuvo en vigor, un
gran deterioro social, un incremento gigantesco de la
corrupción y la creación y crecimiento de importantes
organizaciones criminales (gangsterismo) y, pese al alto
precio pagado, el número de alcohólicos no sólo no
disminuyó sino que aumentó alarmantemente.
De
un modo semejante, la prohibición de las drogas, punto
de acuerdo entre narcotraficantes y prohibicionistas, ha
contribuido a generar y agravar el problema, en una
nueva versión actualizada y universal del
prohibicionismo de los años veinte.
Los
sucesivos "éxitos" policiales no consiguen impedir que
la droga llegue a sus "mercados", en el mejor de los
casos se consigue tan sólo que ésta resulte algo más
cara; pero esta carestía tampoco impide al
drogodependiente acceder a la droga, que
irremediablemente necesita en virtud de su adicción,
sino que tan sólo le obliga a robar e, incluso, asesinar
para conseguirla.
Por
el camino de la prohibición no hay ninguna solución al
problema de la droga en perpetuo crecimiento. No sólo no
elimina el problema real que la originó, a saber, los
daños a la salud que aquella provoca; sino que, a su
vez, tal prohibición, genera unos daños a la sociedad
incuestionablemente mayores que aquellos que se
pretendía erradicar.
Sus
frutos directos son: las mafias internacionales, el 80%
de la delincuencia actual, las muertes por adulteración
y sobredosis, el recorte de las libertades ciudadanas (ley
Corcuera, etc.) y, lo que a mí personalmente me
parece lo más grave de todo, la falta de libertad de los
jóvenes a la hora de escoger entrar o no en la droga.
Se
hace preciso y urgente encontrar vías alternativas para
solucionar este agravado problema, puesto que el camino
de la prohibición, originario de un puritanismo
irreflexivo que no ha sabido ni sabe medir las
consecuencias de su acción, ha demostrado ser un caso
paradigmático de cómo, en ocasiones, el remedio puede
ser mucho más dañino que la enfermedad, asemejándose
mucho a un intentar matar moscas a cañonazos.
La
única alternativa seria que conozco, en el estado actual
de la cuestión, es la de la legalización, que
tanto horroriza a puritanos y narcotraficantes. Con la
legalización de la droga, producida y controlada por el
Estado, puede preverse la desaparición de las grandes
mafias internacionales o, cuanto menos, su decrecimiento
al encontrarse privadas de tan lucrativo negocio.
Ahora bien, en tanto que los costes reales de producción
son muy bajos, cabe prever también la desaparición de la
nefasta necesidad de robar o asesinar por su obtención.
Tampoco tendrían lugar las muertes por adulteración o
sobredosis, al ser su distribución controlada por el
Estado. Ni sería necesario recortar las libertades
ciudadanas con el pretexto de la lucha contra la droga.
Y, lo más importante de todo, aunque esta vía no puede
impedir el acceso a la droga para quien libremente así
lo disponga, si permitirá, con idéntica libertad,
apartarse de ella a quien no desee morir lentamente
esclavizado a una de estas sustancias (inyectables,
fumables o esnifables, es lo de menos); lo cual, hoy por
hoy, no es posible.
Su
prohibición engendra un atractivo, sobre todo para la
juventud, a veces irresistible, que impide la filtración
de una buena información. Pero sobre todo, esa misma
prohibición, hace que aquellos que ya están esclavizados
(enganchados) en la droga necesiten encontrar
nuevos "incautos" a los que distribuir droga para así
poderse costear la suya; éstos, vulgarmente conocidos
como camellos, son los principales eslabones del
crecimiento geométrico de la drogadicción; la acción
policial es ineficaz contra ellos, pero con la
legalización sencillamente se evaporan, pierden su
sentido y su función.
Aunque estas son sólo mis razonadas convicciones y no
creo que por este camino venga la panacea universal,
la legalización es el único remedio posible, en el
horizonte próximo, a esta lacra del siglo XX. En qué
medida logrará resolver las graves consecuencias que ha
traído el prohibicionismo sólo lo sabremos con certeza
una vez se haya puesto en universalmente en práctica,
pero parece claro que tendera a beneficiar a las
actuales víctimas de la droga y, como ha dicho Fernando
Savater, «Victimas de la droga somos todos desde que han
decidido protegernos contra ella, salvo los traficantes
y los verdugos».
Enrique Timón
1994
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