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Últimamente, venimos acostumbrándonos a los espacios que
los distintos medios de comunicación dedican a la
divulgación científica. Tal función pedagógica y de
culturización sólo puede recibir elogios de nuestra
parte. En un momento en que el sensacionalismo invade
buena parte de la prensa escrita, la más patética
mediocridad surge por doquier de las pantallas y sólo la
algarabía deportiva parece tener eco en las ondas, los
espacios culturales, cualesquiera que sean, son una gota
de agua fresca en el inmenso desierto que nos rodea.
Ahora bien, con más frecuencia de la que sería deseable,
algunos de estos espacios dedicados a la divulgación
científica, noticias de prensa, reportajes de revista,
programas de televisión, etc., mezclan los resultados de
la investigación científica propiamente dicha con una
visión beatífica de los mismos.
Ciertamente, la divulgación por el mero hecho de ser
"divulgación" y no "ciencia" se puede permitir algunas
licencias en lo que al rigor se refiere, pero llevarlas
hasta el extremo de hacer profesión de fe científica es
una manera poco elegante de mistificar el contenido de
la ciencia y ocultar la naturaleza de la misma; un
procedimiento, por lo demás, en absoluto requerido por
las condiciones de la divulgación.
Así,
se nos muestran "agujeros negros", "átomos", "los
orígenes del universo" o "los pensamientos emergiendo
del cerebro" etc. Mas todas esas cosas tienen la
particularidad de no existir como tales y, por tanto, de
no poder ser mostradas, salvo de aquel modo en
que se muestran los mitos y las fantasías. Los "agujeros
negros" son sólo una hipótesis matemática. Los átomos ni
siquiera pueden ser vistos en virtud de la propia
coherencia interna de la mecánica cuántica. El big
bang es una hipótesis metafísica, en el sentido
peyorativo de la palabra, inspirada en la concepción
cristiana del mundo, que se apoya en la extrapolación
metafísica de una interpretación óptica imposible de
corroborar hasta el momento y de otra hipótesis
matemática. En cuanto a los "pensamiento emergiendo del
cerebro" es una simple confusión de planos basada en una
ignorancia radical con respecto a la naturaleza de los
términos de la cuestión; pues una cosa es la suposición
de que el pensamiento tiene su origen en los procesos
cerebrales, que además es una creencia popularmente
compartida (si a alguien le machacan el cerebro
automáticamente desaparece toda manifestación de
pensamiento en el mismo), y otra muy distinta es
esperar, por muchos medios técnicos de que se disponga,
ver los pensamientos "saliendo a pasear" desde el
cerebro.
Esta
fe científica, que como toda fe es ciega y estúpida,
impregnó la cultura del siglo pasado y parte del
presente; tal fenómeno fue bautizado por Ortega como «el
terrorismo de los laboratorios». No es, pues, de
extrañar que los Estados no sean aconfesionales a sus
dogmas, como pedía Feyerabend, de la misma manera en que
algunos si lo son a los de la Iglesia.
Pero
al día de hoy, tal fe científica no responde a la
altura de los tiempos y hace muy flaco favor a la
causa que sirve.
La
comprensión de la ciencia no permite su realización por
el método hipotético-deductivo, de ahí que fuese en
sectores ajenos a las ciencias experimentales,
concretamente en la filosofía, donde comenzó esta tarea
aún no conclusa. Primero, tímidamente y desde una
postura apologética, fueron Hume y sobre todo Kant;
después, con mayor radicalidad Nietzsche, Dilthey,
Ortega y Husserl (por este orden) ofrecieron una
adecuada comprensión del fenómeno científico, en muchos
aspectos aún vigente hoy en día. Su reflejo en la
ciencia lo representan Poincaré y Duhem.
No
tardaron en vislumbrarse en el seno de la propia ciencia
algunos aspectos fundamentales de la comprensión de sí
misma. La teoría de la relatividad de Einstein
introducía en el proceder científico la perspectiva del
observador. Con Heisenberg y Bohr, y sus respectivos
principios de incertidumbre y
complementariedad, es el propio observador quien
entre a formar parte del experimento, al tiempo que se
desconecta la pretendida función ontológica de la
ciencia en beneficio de la instrumental.
Por
último, una cierta comprensión del fenómeno científico
llegó, de la mano de Kuhn, Popper, Feyerabend y Lakatos
fundamentalmente, a la denominada filosofía de la
ciencia, que a partir del Círculo de Viena había
nacido como apología de esa misma fe científica y, por
eso mismo, se resistía más a abandonarla.
La
falta de una sólida cultura general del ciudadano medio
y la sobre especialización que hacen que en muchas
ocasiones el propio científico ignore de raíz incluso lo
que compete a la comprensión de su propia ciencia,
provocan que incluso hoy, a un tiro de piedra del siglo
XXI, se viva, en cierta medida, de esta fe científica.
Contra lo que pueda parecerle a quien vive imbuído en
esta concepción mítica de la ciencia experimental, ésta
no demuestra, en absoluto, lo que sean las cosas, no
consiste su función en decirnos que es el Universo; esto
es, carece de competencia ontológica estrictamente
hablando. Ni tan siquiera puede probar la existencia de
la materia; entiéndase bien, no estoy proponiendo ningún
género de idealismo berkeleyano, el mundo exterior al
sujeto se da tanto como éste, ni tampoco estoy negando
la materialidad de las "cosas" en tanto que nos oponen
resistencia o interactúan con nosotros; todo esto no es
preciso demostrarlo, permanentemente lo encontramos ante
nosotros. Lo que no ha sido demostrado ni puede hacerse
es la materia como substancia, ésta es una mera
hipótesis que tan sólo cuenta a su favor el ser una
creencia cotidiana.
Si
este tipo de afirmaciones causa cierta perplejidad ello
es debido a que no se tiene una clara comprensión de
aquello en lo que el fenómeno científico consiste. Para
explicarlo en términos sencillos diremos que lo que la
ciencia hace es construir un mundo al margen del mundo,
al margen de la experiencia, un mundo matemático
dominado por rígidas estructuras matemáticas. Este mundo
científico, por ejemplo el mundo de la mecánica
cuántica, es aplicado sobre el mundo real de la
experiencia a modo de plantilla, de modo que nos permita
interpretarlo matemáticamente. El experimento es el
punto de contacto entre el mundo científico de la
"plantilla" y el mundo real de la experiencia, lo que
permite la medición de los resultados del experimento,
convirtiendo el mundo de la experiencia en algo
calculable y, por tanto, predecible.
Cuando los resultados del experimento no coinciden con
los previstos por la teoría y por el modelo de mundo
diseñado por ésta, por ejemplo Bohr ante el problema de
los rayos Beta, no se recurre al mundo de la experiencia
en busca de soluciones, sería absurdo, sino que se trata
de modificar el modelo a fin de que pueda explicar
también los nuevos resultados.
Esto
es la ciencia, nada más pero también nada menos. Ella
representa, sin duda, el mayor logro hasta la fecha de
la cultura Occidental, día tras día demuestra su
eficacia (no siempre bien utilizada, todo hay que
decirlo), le debemos en gran medida el bienestar actual
(de quienes puedan disfrutarlo) y el desarrollo
tecnológico y social, nuestra civilización ya no puede
ser comprendida sin ella; porque la ciencia funciona y
en eso consiste su misión en funcionar, en permitirnos
el dominio de la naturaleza y el entorno.
Ahora bien, volviendo al tema de la beatería científica,
trasponer los elementos del mundo científico, de la
"plantilla", más allá de lo que tienen de objeto de
cálculo y de dominio, de utilidad técnica, al mundo real
de la experiencia que encontramos ante nosotros, ya no
es física ni tampoco su divulgación, es mitología o, en
el mejor de los casos, metafísica al más puro estilo
pitagórico.
Enrique Timón
1994
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