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Durante su cruel guerra fratricida los dioses cohabitaron
con los humanos a los que arrastraron en su locura. La
estrecha y tensa confraternización de ambas razas
durante la contienda también generó frecuentes pasiones
que en otros tiempos se hubiesen tildado de
contranaturales. Fruto de aquellas uniones surgieron los
titanes, que heredaron la fortaleza e inteligencia de
los dioses pero no su longevidad ni su pigmentación
azulada. Al término de la guerra que los enfrentaba
entre sí, los dioses descubrieron con temor el creciente
poder de los titanes. Eran sus hijos, pero también una
consecuencia no deseada de su odio y su lujuria. No
tardaron en tomar una determinación: debían
exterminarlos a todos. A consecuencia de ello se vieron
envueltos en una nueva guerra, esta vez unidos los
supervivientes de la anterior, contra los titanes. La
ganaron, aniquilaron hasta el último de ellos y después
se alejaron del mundo que tantas amarguras les había
proporcionado. Pero junto a los fuegos de la contienda
surgió un romance entre un titán y una diosa. El murió
asesinado como todos los de su especie, pero no sin
antes dejar su semilla en el vientre de su amada. Veinte
años después, lo que duraba el período de gestación en
los dioses, nació Cromber, el último titán.
En los
comienzos de la Era de Rankor, aquel fruto del amor y
del odio, contaba 29 inviernos, había recorrido ya de
Oeste a Este todo el Gran Continente y las islas del
Norte, dominaba más de cinco idiomas y sabía escribir en
al menos dos de ellos. Durante esos años se dice que fue
aventurero, soldado, ladrón, mercenario, pirata,
gladiador e, incluso, filósofo. Su vida era entonces la
de un vagabundo errante, sin patria a la que servir, ni
dios al que adorar, ni mujer a la que amar... Había
vivido los dos últimos años retirado en las islas Bitta,
dedicado a la meditación. Ahora los crecientes rumores
que llegaban del este le habían impulsado a volver al
Gran Continente. Hablaban de una nueva divinidad
(Rankor) en cuyo nombre el Imperio Hamersab, al que
sirvió en el pasado, se había embarcado en una guerra
santa (Deiblad) para imponer su culto al resto de los
pueblos.
Más que la
amenaza de la guerra, lo que despertaba la curiosidad de
Cromber eran los comentarios acerca de la presencia en
los ejércitos hamersab de poderosos magos con dominio
sobre las mentes y los elementos, de caballeros sagrados
que cabalgaban sobre reptiles alados (Grai-Ar), de
sanadores capaces de curar cualquier herida, de naves
voladoras (Drekaim) que surcaban los cielos con un poder
devastador… |