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Ortega y Gasset, en su ensayo sobre la Misión de la
Universidad, destaca con singular precisión las tres
funciones que ésta ha de cumplir; a saber: primera, la
transmisión de la cultura; segunda, la enseñanza de las
profesiones intelectuales y tercera, la investigación
científica y la preparación de futuros investigadores.
Un breve vistazo a cada una de estas funciones nos
permitirá acceder al estado actual de la cuestión.
La
primera de estas funciones, la transmisión de la
cultura, genuina función histórica de la
Universidad, es hoy prácticamente inexistente; de ella
no encontramos ni tan siquiera su sombrío fantasma. El
primado de los criterios economicistas, en el actual
desarrollo universitario, favorece la
sobreespecialización técnica de rentabilidad a corto
plazo, a la vez que suprime o relega todo lo relativo a
una formación cultural integral, que no conlleve
simultáneamente una utilidad directa en el mundo
empresarial (ya sea para la empresa privada o para los
servicios del funcionariado estatal).
Por
el contrario, la formación de los profesionales,
la segunda de las funciones señaladas, goza de la máxima
dedicación en el actual sistema universitario, casi
podría decirse que en ello consiste la Universidad de
hoy. Ahora bien, no debe confundirse esta "dedicación"
con un satisfactorio funcionamiento de la misma. Las
carencias con relación a la función anterior, la
trasmisión de la cultura, se dejan sentir también
aquí. El profesional formado en nuestras universidades
es, por lo general, un profesional estático, en
función de su radical incultura, carente de versatilidad
y de adaptación a un mundo laboral en perpetuo proceso
de cambio.
La
última de las funciones de la Universidad, lo que la
Universidad es además, investigación, no corre
mejor suerte. La investigación ha quedado prácticamente
desahuciada de la función universitaria, en todo lo que
no tenga de inmediata aplicación práctica. La
investigación científica en un sentido amplio, cuando no
es, a su vez, investigación técnica y para la técnica,
es relegada a un segundo plano o, simplemente, condenada
a desaparecer. Otra vez los criterios economicistas
dominan el normal funcionamiento universitario.
La
Universidad es una institución en crisis, que duda cabe;
no haría falta observar el deterioro de sus funciones
para realizar un diagnóstico de su enfermedad. Una
simple ojeada a sus orígenes nos evidenciará la raíz
misma de esta situación. Desde sus comienzos la
Universidad vive un rápido y fructífero desarrollo
gracias a la protección de dos poderes enfrentados, el
político y el eclesiástico, y a su independencia de
ambos. En este ambiente surgen y se desarrollan la
ciencia y la cultura occidentales en todas sus actuales
manifestaciones.
Pero
en la actualidad los poderes fácticos han cambiado y con
ellos la situación de crecimiento independiente en que
la Universidad se encontraba inmersa. Ahora, el poder
eclesiástico ha dejado de ser determinante, y en su
lugar encontramos un hegemónico poder económico, que ya
no está como aquél en pugna con el poder político, sino
que la relación entre ambos es más bien cordial y de
connivencia. En esta nueva situación, que se ha hecho
más patente en los últimos decenios, la Universidad ha
perdido su independencia; la cual ha sido sustituida por
una casi integral sumisión al poder económico-político
o, como eufemísticamente suele decirse desde los poderes
públicos y empresariales, "por una integración de la
Universidad en la sociedad".
Esta
subordinación de la Universidad a los poderes político y
económico, impregna sus actuaciones de un marcado cariz
economicista. Tal patrón no tiene interés alguno en la
ciencia ni en la cultura, sino tan sólo en una
rentabilidad económica más o menos inmediata. De ahí la
anulación de las tradicionales funciones de la
Universidad en beneficio de una nueva función tan
prolija en nuestros días, la de atender a las
necesidades del mercado.
Si
este imperativo de lo económico, esta profesión de fe
utilitaria, hubiese gobernado la Universidad desde sus
orígenes, a buen seguro, la ciencia tal como ahora la
conocemos no existiría (y con ella tampoco la actual
tecnología).
La
investigación desinteresada, inútil para los fines
prácticos inmediatos, dio origen entre otros, al actual
progreso científico y tecnológico. Y ésta, a su vez, no
es posible si no es sobre la base de una sólida
formación cultural. Más aún, sin ésta ni siquiera pueden
prepararse unos profesionales dinámicos capaces de
adaptarse a las caprichosas necesidades del mercado. La
sobreespecialización, el nuevo bárbaro como lo llamaba
Ortega, impuesta por el Poder económico-político para
satisfacer sus necesidades a corto plazo, arruina a
medio y largo plazo a sus promotores, que se ven así
continuamente obligados a reorientar los estudios en
función de las variaciones de la demanda, condenando de
este modo a la sociedad a una permanente y cada vez más
profunda mediocridad de sus aspiraciones. Todo lo cual
revierte en la necesidad de recuperar las funciones
históricas de la Universidad y, junto a ellas, su
independencia de los poderes establecidos.
Enrique Timón
1994 |