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La escandalosa situación de la Universidad - PDF

Artículo periodístico de 1994. Denuncia de la llamada «integración de la Universidad en la sociedad», que no era sino una forma de someter a la Universidad a los dictámenes del poder económico-político y como esto, como se está revelando en nuestros días, era perjudicial no sólo para la formación integral del universitario, sino también para el propio desarrollo económico.

La escandalosa situación de la Universidad


Ortega y Gasset, en su ensayo sobre la Misión de la Universidad, destaca con singular precisión las tres funciones que ésta ha de cumplir; a saber: primera, la transmisión de la cultura; segunda, la enseñanza de las profesiones intelectuales y tercera, la investigación científica y la preparación de futuros investigadores. Un breve vistazo a cada una de estas funciones nos permitirá acceder al estado actual de la cuestión.

La primera de estas funciones, la transmisión de la cultura, genuina función histórica de la Universidad, es hoy prácticamente inexistente; de ella no encontramos ni tan siquiera su sombrío fantasma. El primado de los criterios economicistas, en el actual desarrollo universitario, favorece la sobreespecialización técnica de rentabilidad a corto plazo, a la vez que suprime o relega todo lo relativo a una formación cultural integral, que no conlleve simultáneamente una utilidad directa en el mundo empresarial (ya sea para la empresa privada o para los servicios del funcionariado estatal).

Por el contrario, la formación de los profesionales, la segunda de las funciones señaladas, goza de la máxima dedicación en el actual sistema universitario, casi podría decirse que en ello consiste la Universidad de hoy. Ahora bien, no debe confundirse esta "dedicación" con un satisfactorio funcionamiento de la misma. Las carencias con relación a la función anterior, la trasmisión de la cultura, se dejan sentir también aquí. El profesional formado en nuestras universidades es, por lo general, un profesional estático, en función de su radical incultura, carente de versatilidad y de adaptación a un mundo laboral en perpetuo proceso de cambio.

La última de las funciones de la Universidad, lo que la Universidad es además, investigación, no corre mejor suerte. La investigación ha quedado prácticamente desahuciada de la función universitaria, en todo lo que no tenga de inmediata aplicación práctica. La investigación científica en un sentido amplio, cuando no es, a su vez, investigación técnica y para la técnica, es relegada a un segundo plano o, simplemente, condenada a desaparecer. Otra vez los criterios economicistas dominan el normal funcionamiento universitario.

La Universidad es una institución en crisis, que duda cabe; no haría falta observar el deterioro de sus funciones para realizar un diagnóstico de su enfermedad. Una simple ojeada a sus orígenes nos evidenciará la raíz misma de esta situación. Desde sus comienzos la Universidad vive un rápido y fructífero desarrollo gracias a la protección de dos poderes enfrentados, el político y el eclesiástico,  y a su independencia de ambos. En este ambiente surgen y se desarrollan la ciencia y la cultura occidentales en todas sus actuales manifestaciones.

Pero en la actualidad los poderes fácticos han cambiado y con ellos la situación de crecimiento independiente en que la Universidad se encontraba inmersa. Ahora, el poder eclesiástico ha dejado de ser determinante, y en su lugar encontramos un hegemónico poder económico, que ya no está como aquél en pugna con el poder político, sino que la relación entre ambos es más bien cordial y de connivencia. En esta nueva situación, que se ha hecho más patente en los últimos decenios, la Universidad ha perdido su independencia; la cual ha sido sustituida por una casi integral sumisión al poder económico-político o, como eufemísticamente suele decirse desde los poderes públicos y empresariales, "por una integración de la Universidad en la sociedad".

Esta subordinación de la Universidad a los poderes político y económico, impregna sus actuaciones de un marcado cariz economicista. Tal patrón no tiene interés alguno en la ciencia ni en la cultura, sino tan sólo en una rentabilidad económica más o menos inmediata. De ahí la anulación de las tradicionales funciones de la Universidad en beneficio de una nueva función tan prolija en nuestros días, la de atender a las necesidades del mercado.

Si este imperativo de lo económico, esta profesión de fe utilitaria, hubiese gobernado la Universidad desde sus orígenes, a buen seguro, la ciencia tal como ahora la conocemos no existiría (y con ella tampoco la actual tecnología).

La investigación desinteresada, inútil para los fines prácticos inmediatos, dio origen entre otros, al actual progreso científico y tecnológico. Y ésta, a su vez, no es posible si no es sobre la base de una sólida formación cultural. Más aún, sin ésta ni siquiera pueden prepararse unos profesionales dinámicos capaces de adaptarse a las caprichosas necesidades del mercado. La sobreespecialización, el nuevo bárbaro como lo llamaba Ortega, impuesta por el Poder económico-político para satisfacer sus necesidades a corto plazo, arruina a medio y largo plazo a sus promotores, que se ven así continuamente obligados a reorientar los estudios en función de las variaciones de la demanda, condenando de este modo a la sociedad a una permanente y cada vez más profunda mediocridad de sus aspiraciones. Todo lo cual revierte en la necesidad de recuperar las funciones históricas de la Universidad y, junto a ellas, su independencia de los poderes establecidos.

Enrique Timón

1994

Foros Enrique Irma Krystal Valeria Tienda

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