Filosofía Política
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También podría decirse filosofía social, mi gran afición, con la que me inicié en la filosofía. Pronto comprendí que el diálogo social sienta sus bases en la epistemología y que cualquier incursión en el pensamiento político debe ir precedido de una sólida inmersión en la epistemología, sin la cual no es posible desenmascarar los mitos ni sentar la bases de la tolerancia, que permitan una discusión abierta y sin prejuicios.

No obstante, aunque en su mayoría inéditos, existen en mis cajones y pronto en este medio, abundantes escritos y bocetos de contenido social. Aunque versan de temas muy diversos, en general, de un modo u otro, todos buscan privar a los políticos del monopolio de la política. He aquí algunos temas:

Guerra y Paz

Democracia Digital



Una de mis mayores preocupaciones ha sido siempre la de conseguir una resolución pacífica de los conflictos. No debe, sin embargo, confundirse esta activa búsqueda de la paz, con cierto pacifismo de moda en nuestros días; pues cuando éste es ingenuo —voluntarioso— o meramente cobarde, como un no querer meterse en líos, alimenta la violencia a la que dice oponerse, pero que consiente. La historia está repleta de ejemplos en los que el pacifismo pasivo ha contribuido poderosamente a gestar sangrientas guerras de destrucción como la caída del imperio romano, las invasiones que terminaron con la antigua prosperidad china o, más recientemente, la segunda guerra mundial.

La resolución de conflictos siempre es difícil, cuando se trata de conflictos internacionales o intergrupales se hace endiabladamente compleja. Lo que convierte al pacifismo activo en una de las tareas más complicadas que existen. Conquistar la paz universal requiere mucho más que desearla. Los conflictos están ahí y no van a desaparecer por un mágico deseo de nuestra voluntad. Para evitar que tales conflictos se resuelvan por medio de la violencia se deben articular los mecanismos que permitan su resolución pacífica. Bien entendido que esto no significa necesariamente lograr un acuerdo pacífico entre las partes, aunque sea la opción más deseable rara vez podrá conseguirse en aquellos conflictos más enquistados. Sino establecer un arbitrio mediante instancias internacionales basadas en la justicia y el respeto a los derechos humanos, que cuenten con la suficiente autoridad moral y ejecutiva como para imponer su resolución a las partes (estén o no de acuerdo con ésta). Obviamente, tal arbitrio nunca jamás deberá prestarse a revisionismos históricos, que en lugar de resolver conflictos crearían otros nuevos.

Ante un conflicto, las partes enfrentadas viven en mundos diferentes donde el opuesto es necesariamente falso y mentiroso. Educar en la tolerancia, ser capaces de relativizar el propio punto de vista puede ser un paso importante para deshacer el conflicto; pero no es esa la tendencia actual, donde la educación no parece orientada a la formación de ciudadanos libres sino al adoctrinamiento de las futuras generaciones.

Rara vez los conflictos pueden resolverse desde dentro; pues en tal caso dejarían de ser tales conflictos. Sólo una instancia exterior e independiente puede zanjarlos. Paradójicamente, la única manera de evitar que el conflicto se pretenda resolver finalmente mediante el recurso a la violencia es no renunciando, por parte de esa instancia internacional pacificadora, a recurrir a la propia fuerza para imponer la paz.

No hay opción a la neutralidad, cuando se está cometiendo un genocidio, como en Ruanda en 1994, en Kosovo en 1997 (y antes en Bosnia) o más recientemente —desde 2003— en Darfur, si se rechaza una intervención armada que pacifique la zona, y no se proponen alternativas eficaces para atajar el genocidio, se está siendo cómplice del mismo. Ciertamente no en el mismo lugar que el que lo ordena o lo ejecuta, pero sí en el del que lo consiente.

Debe terminarse con el principio de no injerencia en asuntos internos. Los derechos humanos son asunto de todos. Las libertades deben dejar se ser meramente un privilegio de los occidentales, para convertirse en una genuina conquista de la humanidad.

En el mundo académico occidental se han multiplicado en los últimos años los estudios e investigaciones sobre la paz. Una gran noticia. Por desgracia un número nada despreciable de estos estudios se limita a meras proclamas de buena voluntad, cuando no se incurren en absurdas propuestas como aquellas que en la más elemental ignorancia histórica vinculan violencia y género en la línea del sexismo oficial.

En la búsqueda de la resolución pacífica de conflictos, me han atraído especialmente las propuestas activas de la noviolencia. Escrito conjuntamente con mi mujer, esbozamos sus posibilidades en un pequeño artículo, titulado: Virtudes, posibilidades y límites de la noviolencia.

Incluso en aquellos países donde la democracia es más avanzada, ésta no deja de ser una mera elección de amos . Los gobiernos dicen representar la voluntad popular, pero los ciudadanos tan sólo tienen la opción de decidir cada cierto número de años a que grupo de poder (Partidos u organizaciones políticas que generalmente representan a las distintas oligarquías locales y se rigen por prácticas muy semejantes a las de las entidades mafiosas) le permitirá hacer lo que le venga en gana en los años sucesivos. Esto no significa que las democracias occidentales sean meramente un sistema despótico con una cierta rotación de la figura del déspota. Afortunadamente, la disputa entre los distintos grupos de poder por ganarse las simpatías de los ciudadanos —que precisan para gobernar en las siguientes legislaturas— ha conseguido una creciente implantación del reconocimiento de los derechos humanos y las libertades individuales. Esta característica es la que hace de este sistema el mejor de los ensayados hasta el momento, y una conquista ineludible en cualquier sistema social futuro.

Sin embargo, con ser el mejor de los ensayados —que tampoco es decir mucho—, hoy en día es claramente insuficiente. Las nuevas generaciones no se conforman con elegir a sus amos, quieren que estos respeten su voluntad. Por otra parte nos encontramos en un momento en que disponemos de los medios intelectuales y técnicos para mejorar sustancialmente el sistema, sin precisar de ninguna revolución violenta, sin otro requisito que acudir a esa misma voluntad popular en la que dice legitimarse.

La alternativa la he denominado Democracia Digital, por el uso intensivo que haría de las nuevas tecnologías. De hecho la capacidad tecnológica para implantarlo ya existe y es utilizada por el sistema bancario. Hacemos uso de ella cada vez que utilizamos un cajero o pagamos con una tarjeta de crédito. Este sistema no impide el fraude —como tampoco podemos evitar que alguien meta varias papeletas al abrir las urnas—, pero es aún más seguro al permitir descubrir fácilmente al estafador. De este modo, cada ciudadano podrá elegir o cambiar en cualquier momento —del día o de la noche— su representante político (individuo, no partido) y no cada cuatro años. Además podrá sacar un justificante de su opción —que será confidencial y secreta— y comprobar en cualquier momento que su opción no ha sido alterada. El sistema informático deberá ser —obligatoriamente en este caso— de código abierto y su supervisión pública y transparente.

El sistema contará con una cámara de representantes —por ejemplo 500—, que sustituye en sus funciones al legislativo y las iniciativas del ejecutivo. Son los representantes de los ciudadanos (ahora si), los que mayor número de votos tengan en ese momento. Cada representante tiene el poder de voto de todos sus representados; así un representante con 1000.000 de votos tiene el doble de poder de decisión que otro con 500.000 —no hay sistema de escaños, ni extraños algoritmos de proporcionalidad, como los que por ejemplo en España permiten que unos votos valgan 10 veces más que otros, en función de la opción política votada. Aquí, por el contrario, todos los votos valen lo mismo y nadie pierde el poder de decidir que hace con el suyo—. Aquellos representantes que no alcancen a entrar en la cámara por tener un número inferior de votos podrán transferir públicamente sus votos a otro representante —o puntualmente para un asunto concreto—, pero siempre el ciudadano podrá cambiar su voto por una opción diferente si no le satisface la elección.

Por otro lado estarán los gestores —o el equipo gestor—, que sustituirá a las funciones gestoras del ejecutivo. Su papel es el de gestionar las iniciativas políticas de los representantes y las tareas de gobierno y organización de las instituciones. Hay dos opciones: podrían ser elegidos por la cámara de representantes, que en cualquier caso se encargará de su control, o bien —si se quiere darle una mayor estabilidad a la gestión— serán elegidos en las urnas cada determinado número de años (al estilo tradicional).

Relativismo e intolerancia


No deja de sorprenderme, pese a la terca evidencia de los hechos, cómo algunas grandes ideas cuando son asumidas por el cuerpo colectivo y se convierten en lo que Ortega llamaría vigencias sociales, adquieren un aura de genuina estupidez que nunca estuvo en la idea original. Lo podemos encontrar en muchos temas: como la lucha contra el racismo, que cada día abanderan más movimientos xenófobos, o la lucha contra la discriminación sexual, utilizada por grupos sexistas, o el simple respeto a la diferencia enarbolado con frecuencia por los intolerantes, etc... Voy a hablar únicamente de uno de ellos: el relativismo. Por mis postulados epistemológicos he sido catalogado con frecuencia como relativista. Nada que objetar, aunque yo prefiero la expresión perspectivista. El relativismo, frente al dogmatismo que cree estar en posesión de la verdad o el bien absolutos, propone que la verdad o el bien no son independientes del punto de vista; esto es, son relativos a éste —da ahí la expresión relativismo—. Esto es inapelable. De modo que, por ejemplo, para un nazi podría ser un acto bondadoso exterminar en cámaras de gas a quienes no pertenecen a la etnia que considera pura y superior. Eso no significa que tal acto sea bueno —eso sería interpretarlo dogmáticamente—, sino que desde el punto de vista del nazi lo es. Para que fuera bueno para nosotros deberíamos de adoptar el punto de vista del nazi, convirtiéndonos así mismo en nazis. Perdón por la aclaración, pero es el caso que hoy en día domina en nuestra sociedad una concepción dogmática del relativismo —valga la contradicción en términos—, que evidencia un completo desconocimiento del mismo. Así, escudándose supuestamente en el relativismo, se sostiene que toda concepción es igualmente válida —lo que en modo alguno se desprende de aquél que se limita a poner de relieve su dependencia para con un punto de vista, sin añadir juicios de valor—. Quien hace esto trata de situarse así mismo en el ojo divino; esto es, en un imposible lugar fuera de toda perspectiva. Ignorando que su propia postura: "toda concepción es igualmente válida" es ya un determinado punto vista, del que depende. De este modo, cuando, por ejemplo, se invoca el relativismo para justificar la intolerancia de un grupo religioso, se está adoptando el punto de vista de los intolerantes; o, cuanto menos, se está adoptando un punto de vista que admite cierta intolerancia sectaria. Lo sorprendente del caso, como en los otros que cité anteriormente, es que una herramienta para la tolerancia; que pone de manifiesto lo errado de cualquier dogmatismo; que la diferencia de criterios no obedece a ningún tipo de maldad intrínseca del otro, sino a la disparidad de perspectivas —y, por extensión, de mundos—; que, por tanto, debería incentivar la comprensión del otro ubicándole en su particular punto de vista; es, sin embargo, utilizada con frecuencia para lo contrario, para justificar y tolerar la intolerancia.

Justicia Social

Ideario Libertario



Siempre he creído que es muy fácil e insincero pedir un reparto equitativo de la riqueza cuando ésta no es la tuya (toda mi vida he sido más bien pobre). No obstante tampoco puede crearse una sociedad justa sin una cierta redistribución de la riqueza que permita que todos los individuos satisfagan sus necesidades básicas de cobijo, alimentación, educación y salud.

Para que la riqueza sea redistribuida, lo primario es crearla. En ocasiones me provoca cierta hilaridad contenida cuando oigo hablar con aire doctoral de que los países pobres lo son porque los ricos les han robado su riqueza. Una cosa es la explotación colonial y post-colonial de los recursos naturales y otra muy distinta lo riqueza, que efectivamente se puede compartir y redistribuir. La riqueza no es algo que sin más esté allí a disposición de quien la quiera tomar (como si fueran monedas en un gran Banco). La riqueza es algo que se crea (y también se destruye). Y el mejor mecanismo para crear riqueza (la historia es una prueba solemne de ello) es la libertad económica, la libertad de producción y comercio. Si bien siempre dentro de los límites del respeto a los derechos humanos y demás libertades esenciales, y de los cauces necesarios para la redistribución de la riqueza.

Lo anterior no debe tomarse como una alabanza de la libertad de comercio, sino una simple constatación de su eficacia frente a formas de economía planificada. La libre competencia entre sujetos desigualmente provistos es sustancialmente injusta, la redistribución de la riqueza es el mecanismo para paliar esa injusticia en el punto de partida; si bien, precisa de hacerse a su vez de un modo justo y equilibrado, para evitar saldar una injusticia con otra.

No soy anti-capitalista, ni pro-capitalista. Entre otras razones porque no sé lo que es el capitalismo, aunque todos parecen hablar de él como si se sentase en su mesa a comer todos los días. ¿Son los modos de producción? ¿Es el libre comercio? ¿Son las multinacionales? ¿Es el frutero de la esquina? ¿Es el Fondo Monetario Internacional?  ¿Es la organización internacional del comercio? ¿Es la bolsa de Wall Street? ¿Es e-Buy? ¿Son todos ellos? Las discusiones al respecto deberían de ser más precisas, de lo contrario el capitalismo siempre será el origen de todos los males para unos y de todos los bienes para otros, sin que pueda corroborarse ninguna de las posturas (salvo desde el ciego adoctrinamiento ideológico previo) pues tratan de puras abstracciones a las que adjudican  una hipotética e imposible voluntad, alejando el debate de lo verdaderamente importante: la justicia social y cómo lograrla.

Habitualmente suele ser difícil ubicarme ideológicamente. Muchas veces me he encontrado que los que se llamaban militantes de izquierda (especialmente marxistas y estalinistas) me encontraban conservador y los conservadores excesivamente progresista y hasta peligrosamente revolucionario. No porque nade entre ellos, muy al contrario, más bien porque me encuentro a años luz de sus idearios. De ahí que les parezca ser lo opuesto de ellos. No soy persona de partido, que siga consignas y mire los hechos con distinta óptica según quien los acometa. Me gusta juzgar las cosas por mí mismo, sin compromisos previos, y tener la libertad de cambiar de opinión si se me demuestran que estaba equivocado. Una de las sentencias orteguianas con la que más simpaticé siempre es la que dice: «ser de la izquierda es como ser de la derecha una de las infinitas maneras que tiene el ser humano para ser imbécil».

Cuando me ha tocado definirme, he preferido hacerlo como ácrata, con todos los matices necesarios, pues no es fácil, ni siquiera para mí, encasillarme en una posición que no sea la del libre pensamiento. Pero ciertamente, siempre he tenido cierto desdén por el Poder (esto es, las instituciones de control político, mediático, económico, militar o religioso). He tendido a ver en las instituciones un sólido muro para la preservación de statu quo por un lado y la limitación de la libertad individual por otro.

Lo anterior no debe entenderse como un rechazo absoluto de las instituciones; entiendo que ciertas instituciones son necesarias para salvaguardar los derechos humanos y las libertades individuales. También para gestionar la redistribución de la riqueza. Pero poco más.

No creo en más soberanía que la del individuo, ni en otra libertad que la individual. Sólo individuos libres hacen una sociedad (o un pueblo) libre. Creo en la libertad como valor fundamental y soporte de los derechos humanos, sin otra limitación que, como si no recuerdo mal decía Mill, la libertad de los demás. Creo igualmente en la solidaridad, libre y voluntaria, como motor de cohesión social y garante de las libertades fundamentales para todos. Pues si bien no hay más libertad que la individual sólo en un contexto de individuos libres puede realizarse plenamente.

Este es el ideario que me ha guiado desde que tengo conciencia política: La libertad individual y solidaria; un resumen algo grotesco, pero adecuado a la brevedad del espacio, de mi postura libertaria.

Globalización


Desde que puedo recordar me he sentido cosmopolita, por lo que veo con buenos ojos un mundo globalizado por encima de las identidades colectivas que separan y enfrentan a la humanidad. En ocasiones este tipo de pronunciamientos conllevan casi automáticamente la acusación de buscar la uniformidad. Nada más lejano, me gustaría un mundo globalizado (éste está aún lejos de serlo) precisamente porque creo en la singularidad y particularidad individual, de cada individuo, por encima de las uniformidades grupales por su pertenencia a un sexo, clase social, nación, estado, o condición de cualquier tipo; porque creo, además, en la comunicación y hermanamiento solidario con los demás seres humanos con independencia de sus rasgos diferenciales. Pero sobre todo porque no creo en esas filosofías que exaltan la diferencia, herederas a su pesar de Heidegger y el nazismo, sembrando la semilla del odio hacia el diferente, hacia el que no comparte nuestra identidad grupal. La globalización es hoy un fenómeno muy complejo, que va mucho más allá de la apertura mundial de los mercados, que afecta a las formas de comunicación y a las relaciones interpersonales, que está rompiendo las barreras y fronteras que durante siglos han tejido los seres humanos alejándose unos de otros. Como revoluciones anteriores también ésta ha despertado poderosas fuerzas reaccionarios que luchan desesperadamente por impedir su plena realización: Así cuando más permeables son las fronteras a las transacciones comerciales, los transportes y a la comunicación en la aldea global, los estados nacionales endurecen sus legislaciones migratorias, crecen los movimientos de exaltación de los símbolos culturales, religiosos o patrios ante la proximidad de formas de vida diferentes. Esto son los verdaderos movimientos antiglobalización y nos los grupos de campesinos descontentos porque la libre entrada de productos extranjeros abarata sus productos, ni tan siquiera los grupos de jóvenes antisistema (pero con alta capacidad económica como para viajar a los remotos lugares donde se celebran las cumbres), con una base ideológica dispar —de la extrema izquierda a la extrema derecha—, que han tomado la bandera de la antiglobalización como nexo de unión, y que al fin y al cabo se limitan a denunciar el comportamiento inhumano de las grandes concentraciones internacionales de capital, cuando no a exaltar un trasnochado nacionalismo, pero que hacen un uso intensivo de la globalización en el sentido aquí propuesto.

Foros Enrique Irma Krystal Valeria Tienda

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