Pedagogía
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Todos mis respetos por los pedagogos, como personas, pero la educación es un tema demasiado serio para dejarlo en sus manos. En mi experiencia personal los peores profesores que he tenido en mi vida (salvando un par de cretinos integrales a los que llamar profesores es darles una categoría que no merecen) han sido, pedagógicamente hablando, los que eran pedagogos profesionales (uno de ellos hasta fue incluso encargado por la universidad de establecer los criterios de evaluación del profesorado). Tal incompetencia pedagógica la debían, a mi modo de ver, no tanto a una ineptitud personal, sino al ejercicio de su oficio.

La educación es el pilar de una sociedad libre, por eso los poderes buscan siempre cercenarla, convertirla en mero adoctrinamiento, por eso es tan importante. la mayor parte de los problemas económicos y el hambre en el mundo, pero también las guerras y el deterioro ecológico se resolvían con una sola generación mundial que fuera educada en libertad.

(Nota: las siguientes consideraciones no se refieren a las teorías de la educación como tales, sino a su puesta en práctica por los profesionales, siempre según mi propia experiencia personal y otras experiencias compartidas a uno y otro lados del Atlántico. Cuanto aquí se dice sobre los profesionales de la pedagogía se limita a poner de manifiesto mis discrepancias sobre algunas prácticas de su oficio, con todo el respeto hacia las personas que lo practican, entre quienes se encuentran algunos amigos)

La relevancia de los contenidos

El constructivismo en Educación



Si quisiera destacar una característica distintiva de todos los pedagogos que he conocido —directa o indirectamente—, además de su nulidad como docentes, sería su total desprecio por los contenidos. En alguna ocasión he llegado incluso a escuchar explícitamente la sentencia: «los contenidos no importan».

Ciertamente, como tienden a ejemplificar, alguien puede ser una eminencia en una materia y, sin embargo, ser terriblemente malo enseñándola. Todos hemos conocido algún caso de este tipo. En tales ocasiones el conocimiento de los contenidos no garantiza su adecuada transmisión. Pero eso no los hace irrelevantes, antes al contrario, si alguien quiere enseñar, por ejemplo física, deberá tener unos adecuados conocimientos de la materia, de lo contrario, no es que su labor sea difícil, sino sencillamente imposible. De este modo, si estar en posesión de los contenidos no garantiza la enseñanza, si es la condición ineludible de la mera posibilidad de ésta.

Esta desatención de los contenidos acostumbra a llevarla el pedagogo al extremo de no hacer distinciones y proponer los mismos métodos para la enseñanza de costura, matemáticas, literatura o conducción, etc. Puesto que consideran los contenidos irrelevantes no planean diferentes estrategias docentes según la materia, sino que ésta queda reducida a una X, una variable incógnita en una fórmula algebraica. Diseñar orientaciones pedagógicas ignorando el tipo de contendidos, así como los sujetos concretos a los que va dirigida la acción (edad, entorno social, carácter, predisposición, etc...), es como tratar de enseñar en el vacío, sin nada que ensañar ni nadie a quien ensañar; puede quedar muy lustroso en gruesos manuales o títulos académicos, pero será perfectamente inútil e incluso contraproducente a los efectos de su aplicación práctica.

Yo fui de los que sufrieron el antiguo sistema académico de corte conductista, y en aquel entonces no era capaz de imaginar un sistema peor. Su obsesión por la repetición memorística inútil, que uno olvidaba a las pocas horas de concluido el examen, en detrimento de una adecuada comprensión de las materias, se revelaba claramente ineficaz, además de sumamente doloso para quienes lo sufrían, quienes además no veían una justa correspondencia entre el esfuerzo realizado y los frutos cosechados. La educación era concebida como un sistema de obstáculos, la meta no era el conocimiento, sino la superación de los obstáculos. Ahora, sin embargo, se va perfilando un nuevo sistema educativo, que pese a evitar algunos de los errores de aquél comete otros aún más graves y eso pese a que su marco teórico es casi impecable (constructivismo frente a conductismo) y sus directrices idóneas (comprensión frente a  memorización, fomento de la creatividad, introducción de técnicas de motivación como el aprendizaje por medio de juegos etc.). ¿Cómo es posible esto?

La psicología constructivista es, a mi modo de ver, infinitamente más sólida y mejor construida que la conductista. De hecho mi epistemología, salvando las distancias, no difiere excesivamente de sus postulados. Incluso tuve ocasión de conocer personalmente a Watzlawick cuando impartía un Master en la Universidad de Santiago de Compostela y aunque en aquel encuentro su participación me resultó más bien decepcionante (Recurría a complicadas hipótesis paleolingüísticas —fácilmente refutables con la simple observación del aprendizaje de un niño— para explicar la mayor eficacia de las fórmulas afirmativas —por ejemplo, ayunar— sobre las negativas —no comas—; en lugar, de remitirse a lo obvio: la negación, por su propia característica como construcción lingüística, siempre sugiere lo negado —no comas, sugiere comer—). No fue igual con su personalidad, que destilaba la misma frescura y jovialidad de sus obras. Una lectura siempre recomendable para aquellos que quieran introducirse de una forma amena en el constructivismo (a pesar de algunas incoherencias como el recurso a la doctrina de los hemisferios cerebrales en El lenguaje del cambio).

¿Dónde está el falló? ¿Porqué fracasa el constructivismo en educación? Son diversas las causas, pero todas ellas apuntan finalmente a un mismo origen: los pedagogos profesionales. En primer lugar, la mayoría de ellos, incluso entre los que se confiesan constructivistas, desconoce los fundamentos teóricos del constructivismo (he llegado a escuchar a supuestos constructivistas definirlo sin sonrojarse en el sentido de una actitud constructiva, positiva). En segundo lugar, imponen prácticas completamente opuestas a esos fundamentos teóricos del constructivismo, como su obsesión por el trabajo en equipo (está bien enseñar a trabajar en equipo, pero esto sólo se consigue si antes se ha aprendido el trabajo y responsabilidad individuales), la errónea supresión del esfuerzo individual, el desprecio por los contenidos, etc.

Los pedagogos y la pedagogía


No se confundan las anteriores consideraciones con un desprecio por la pedagogía. El estudio de técnicas de aprendizaje, de mecanismos de transmisión de los conocimientos, es sumamente interesante. El error del tipo de pedagogo profesional imperante (la regla no debe minimizar las importantes excepciones a la misma), consiste en tomarse su labor muy sencilla y no en la complejidad y profundidad que el tema requiere.

Pedagogía no es, ni puede ser, adoctrinamiento, pese a que desde los gobiernos a veces tienda a entenderse así; pero tampoco puede ser una ciencia descontextualizada en la que los contenidos, los educandos o el educador sean irrelevantes. Muy al contrario todos ellos son factores cruciales a la hora de una enseñanza efectiva, como también lo es el contexto espacio temporal (y por extensión geopolítico) en el que se desarrolla.

La escandalosa situación de la
Universidad española


Todavía recuerdo cuando llegué por primera vez a la Universidad, a aquel que consideraba ingenuamente como el centro del saber y el conocimiento. Recuerdo mis ganas de aprender, de empaparme de cuanto la Universidad pudiera ofrecerme. Como todo joven inquieto esperaba encontrar en la Universidad más que conocimientos, eso lo daba por supuesto, esperaba encontrar además a otras mentes inquietas junto a las cuales organizar la revolución pacífica y desde dentro que tanto necesitaba la sociedad. Poco podía imaginarme entonces que la Universidad no sólo no era el centro de conocimiento que se le suponía, sino que además vivía en un ambiente de corrupción y decadencia mucho más necesitado de transformaciones revolucionarias que la propia sociedad.

Años más tarde, primero como estudiante y representante en la Junta de Facultad, después como miembro investigador y ocasionalmente docente de esa institución, fui descubriendo la podredumbre que afectaba a nuestro sistema universitario. Me referiré al área de filosofía, que es la que me tocó conocer en profundidad, pero estoy convencido de que algo semejante podría decirse en otros ámbitos académicos. Cierto es que conocí a algún profesor muy inteligente, a algunos muy cultos y a otros muy esforzados, incluso los había que eran varias cosas a la vez; pero todos juntos apenas supondrán el veinte por ciento de los docentes universitarios con los que me he tropezado, por ello no los considero representativos, son una excepción a la regla. El resto eran casi auténticos analfabetos en temática filosófica con flamantes títulos y con plaza titular, algunos incluso lo eran en las propias materias que impartían. Mencionaban autores y libros que jamás habían leído, quizá ni siquiera ojeado. Repetían año tras año las mismas frases, memorizadas o leídas, con las que trataban de explicar teorías que evidentemente no comprendían. Hablo en pasado porque hace ya mucho tiempo que me desligué de ese mundo , no porque piense que ahora las cosas son diferentes.

Todo esto no sería particularmente sangrante, al fin y al cabo los estudios universitarios no están concebidos para la formación o acceso a determinados conocimientos por parte del alumnado, sino como el último eslabón en la carrera de obstáculos para la obtención de un título. De hecho, la estructura curricular de estos estudios no se realiza en función de las necesidades del alumnado, de lo que el alumno debería de saber, sino de las necesidades del profesor titular; esto es, de lo que el profesor quiere o se siente capaz de impartir.

Como decía esto no resultaría tan preocupante, sino fuera por las connotaciones que arrastra de mordaza a la creatividad, de restricción a la investigación y al libre pensamiento. Este profesorado mediocre, por usar una expresión suave, tanto si es consciente de su mediocridad, como si endiosado en su condición de docente universitario se ve a sí mismo como la voz de la razón, tiende a no soportar a su alrededor nada que huela a genio o brillantez, ya sea en sus alumnos, ya en sus colegas de profesión. En la medida de sus posibilidades impedirá que quienes tienen más méritos puedan acceder a la misma función docente e investigadora que él, se utilizará cualquier excusa "es de fuera", "demasiado joven", "demasiado mayor", "muy progresista", "muy conservador", "no es el perfil que estamos buscando", todo es válido para perpetuar y acrecentar el nivel de mediocridad de los docentes de nuestras universidades. No es una cuestión personal. No hablo de mí. Jamás me he presentado a una oposición para ser profesor universitario. Fueron entrañables para mí los dos años en que impartí clases en la Universidad, pero sólo por el enriquecedor contacto con los alumnos. Me encanta lo que la Universidad debería de ser, como centro del conocimiento (allí podría vivir una vida entera), y me repugna lo que en realidad es, un espacio de poder para satisfacción de ambiciones personales (allí me cuesta hasta respirar).

El grado de prohibición a la investigación creativa llega a tal punto, que por ejemplo en filosofía no está permitido realizar una tesis de licenciatura o doctoral que tenga por objeto una indagación genuinamente filosófica; esto es, que se encare directamente con los problemas filosóficos, por rigurosa que ésta sea. Aún puedo recordar cómo hace muchos años, en una sesión de un curso de doctorado, cierto profesor de la Complutense, se reía abiertamente de un alumno suyo que había tenido la osadía de pretender presentar un trabajo basado en sus propias investigaciones ¡Cómo si algo así fuera posible!. Ignoro quien era aquél alumno, ni el nivel de ingenuidad de sus aportaciones, porque aquel profesor nunca lo mencionó, para él era risible el mero hecho de pretender ser creativo, en definitiva el mero proceder científico de enfrentarse directamente con el objeto de investigación. En el fondo era comprensible, para aquel profesor, cuyos conocimientos eran ya de por sí visiblemente limitados, resultaba realmente imposible afrontar tal reto. De ahí que extendiera esa incompetencia de modo forzoso a sus alumnos.

Hace trece años escribí un artículo sobre este mismo tema, aunque bajo un enfoque muy diferente. Sigo concordando en lo fundamental con lo allí expuesto, que es perfectamente complementario de lo afirmado más arriba. No es mi intención en estas líneas criticar a nadie, tan sólo denunciar una situación que, por el bien de la sociedad y de nuestros hijos, no deberíamos permitir que se perpetúe más. Apostemos por recuperar el ideal de la Universidad como sede del conocimiento y transformarla en lo que siempre debió ser.

Foros Enrique Irma Krystal Valeria Tienda

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