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1ª
Falacia: El código abierto es más seguro.- Se ha
repetido tanto últimamente que es fácil sentir la
tentación de creérselo, aunque no tenga ningún sentido.
La afirmación de que el código abierto permite un
software más seguro es muy semejante a la que pudiéramos
hacer diciendo que un banco tiene menos posibilidades de
ser atracado con éxito si hace públicos sus planos y
contingencias de seguridad. El absurdo de la última
propuesta no debería ser más patente que la anterior.
Salvo que consideremos la seguridad con relación al
creador del software (en este sentido, efectivamente el
código abierto ofrece algunas garantías, no todas
tampoco, frente a una utilización subrepticia por parte
del desarrollador, sea un particular o una empresa), en
las demás situaciones (frente a un acceso externo u
hostil) la apertura del código jamás nos dará mayor
seguridad; lo que no es óbice para que una aplicación
que expone su código abierto no pueda ser más segura que
otra que no lo hace, pero en tal caso lo será por la
propia excelencia de la aplicación y nunca por el hecho
de exponer su código.
2ª
Falacia: El código abierto es más fiable.- Es un
hábito común entre los programadores, ante la
frustración causada por el funcionamiento incorrecto o
inesperado de una aplicación, el desear acceder al
código fuente para solucionarlo por si mismo o
simplemente para modificarlo a su antojo. Esta actitud
no seria muy distinta de la del técnico en electrónica
que repara su propio televisor cuando falla. No cabe
duda de que el técnico informático desea tener acceso al
código fuente de las aplicaciones que utiliza y que este
acceso le permitiría, al menos, afrontar por si mismo
cualquier deficiencia del software y en este sentido sí
que es efectivamente más fiable para él, pero no porque
esté más libre de errores sino porque en caso de
haberlos confía en la posibilidad de solventarlos. Pero
es completamente erróneo trasladar al usuario (que no
tiene porqué ser un experto programador y generalmente
no lo es) ese sentimiento de mayor fiabilidad que tiene
el informático, pues en su caso no sólo no es
subjetivamente más fiable, sino que normalmente es
objetivamente menos fiable en la media en que se ha
diluido la responsabilidad. El desarrollador del
software es responsable, cuanto menos moral, del buen
funcionamiento del mismo. Para un usuario no
programador, la inmensa mayoría, e incluso para muchos
programadores (al margen de que deseen siempre tener
acceso al código fuente) lo que hace fiable un producto
de software es el ejercicio de esa responsabilidad por
parte de sus desarrolladores (a través de una
actualización constante y gratuita de cualquier
deficiencia detectada en su producto) y no el hecho de
que su código sea o no accesible. Si además tenemos en
cuenta que la apertura del código suele ir pareja (si
bien no siempre) a la renuncia a esa responsabilidad,
tendremos que no sólo el código abierto no permite unas
aplicaciones más fiables, sino que con frecuencia es más
bien es lo contrario. Sólo cuando el desarrollador
mantiene sus compromisos con la responsabilidad del
software tras liberar su código fuente puede hablarse de
una mayor fiabilidad, aunque ésta sólo afectará a los
programadores expertos.
3ª
Falacia: El código es conocimiento.- Si bien en un
sentido epistemológico estricto cualquier acto cognitivo
(como estar viendo la tele sentados en nuestro sofá) es
conocimiento, difícilmente se considerarán tales actos
cognitivos un patrimonio de la humanidad. Conocimiento,
con mayúsculas, implica innovación, ideas nuevas, nuevas
aplicaciones. En el caso del software, conocimiento
puede ser un nuevo algoritmo que permita prestaciones
nuevas, un nuevo lenguaje que implique ventajas
significativas en ciertos aspectos sobre los anteriores,
o simplemente el denominado “know how”, como hacer
determinada cosa, pero en ningún caso el código en
cuanto a tal. Una suma del tipo “2 + 2 = 4” no es
conocimiento es simplemente una operativa, el concepto
de número y de la aritmética en los que se basa sí son
conocimiento. Lo mismo sucede con el software “If x ==
5; y = 4;” es sólo una operativa, no conocimiento. La
confusión podría tener su origen en el elevado concepto
que algunos programadores tienen de sí mismos.
4ª
Falacia: El código abierto permite al usuario
comercializar una versión modificada del software.-
¿Qué pensaríamos de alguien que rescribiese El Señor de
los Anillos de Tolkien, cambiándole el nombre de algunos
personajes y después lo editara y lo pusiera a la venta
en librerías? La situación no tiene porqué ser distinta
aquí ya que en ambos caso se trata de productos
intelectuales. Salvo cuando su autor lo permita
explícitamente, la apertura del código tan sólo habilita
al usuario a realizar modificaciones para su uso
personal. El error radica en la falaz consideración del
código como conocimiento (ya comentada en el punto
anterior) y no como producto intelectual (como una obra
literaria o artística), a la que se añade la no menos
equivocada pretensión de que el conocimiento debe ser a
su vez algo obligatoriamente compartido que todos
tenemos derecho de usar, confundiendo lo que es una
aspiración con una imposición. El hecho de que
encontremos deseable que el conocimiento se comparta, no
priva a su creador del derecho a decidir cuando y cómo
lo comparte. Aludir en este punto a la historia, como
suele hacerse, refleja un desconocimiento acusado de la
misma, pues la historia de la humanidad no ha sido la
del conocimiento compartido, sino más bien todo lo
contrario: la de los secretos celosamente guardados o
lucrativamente explotados. Tan sólo en los campos de la
filosofía y la ciencia teóricas ha existido
tradicionalmente una clara voluntad de divulgación, si
bien en ocasiones más vinculada a la necesidad de
arrogarse los méritos del descubrimiento, que al mero
hecho altruista de compartirlos. Sin embargo, Internet
ha abierto el paso a una nueva comunidad internacional,
imbuida en el espíritu del 68, mucho más solidaria, que
hace de la colaboración el pilar fundamental de su
construcción. Este egregio movimiento surge de la
voluntariedad de los internautas y necesita de esa misma
voluntariedad para constituirse. Cuando la colaboración
no nace de la voluntad de los individuos sino que les es
impuesta no es ya colaboración sino servidumbre. Lo que
nos lleva a la consideración de que apropiarse y vender
el trabajo de otros (aunque lo enmascaremos con alguna
modificación) sin su permiso no es compartir, sino más
bien robar o plagiar.
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