|
Krates
nació y creció en una pequeña aldea del norte de
Darlem. Su padre era cazador y
desde muy pequeño le enseñó todas las artes del oficio.
Desde muy niño acostumbraba a jugar con Cersy, una niña
de su edad que vivía en una aldea vecina, y a la que
apasionaba todo lo relacionado con la caza y la
naturaleza, pero que su padre, tendero local,
consideraba impropio de mujeres. En más de una ocasión
se escaparon juntos para recorrer en juegos el bosque
próximo. Llegada la adolescencia sus juegos fueron
adquiriendo otro cariz y no mucho más tarde pasaron de
amigos a amantes sin darse cuenta.
Años más
tarde Cersy se había convertido en una joven muy hermosa
y su padre aprovechó para prometerla con el hijo de un
rico comerciante de Tirso, que quedó prendado de su
belleza. Krates sufrió muchísimo al conocer la noticia,
y también Cersy, que seguía enamorada de su amigo de
toda la vida. Cuando la fecha de la boda se aproximaba
decidieron fugarse juntos. Llevaban tan sólo lo puesto y
unas monedas que ella sustrajo del cofre de su padre.
Viajaron hacia el sur, por caminos secundarios, siempre
temerosos de ser descubiertos. Llegaron más allá de
Brindisiam, a un par de jornadas de la frontera con
Messorgia.
Decidieron establecerse allí, estaban rodeados de
bosque, la caza era abundante y la Senda Real se
encontraba al otro lado de las colinas. Construyeron una
casa de madera con sus propias manos, si algo había en
abundancia en aquel lugar eran árboles. La pericia de
Krates con el arco y como cazador les permitía obtener
sustento y con el tiempo llegó a vender las piezas que
cazaba de más en la Senda Real, aliviando los estómagos
de los viajeros hambrientos y sus bolsillos de paso.
Tenían
cuanto podía necesitar, lo suficiente para vivir felices
su amor. Al año de establecerse en “su refugio” como lo
llamaban tuvieron una niña, a la que llamaron Cersy,
como la madre. Dos años más tarde tuvieron otro hijo,
que sin embargo, murió prematuramente poco después de
nacer. Tardaron seis años es decidirse a tener de nuevo
otro bebe. Pero cuando lo hicieron supieron que mereció
la pena. Krates se sentía feliz con su familia y no
hubiese cambiado ni uno sólo de esos días por otra vida
posible. |